20 julio,2024
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Ya está disponible el Calendario Litúrgico 2023

“Iglesia, Pueblo de Dios, en camino sinodal”

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia se autodefine y presenta como «Pueblo de Dios» (LG 9). Con esta imagen la eclesiología fue renovada, resaltando su dimensión dinámica (salir al encuentro del otro – una Iglesia en salida) antes que la jurídica propia del período pre conciliar.

Es de ahí, que la Iglesia pueblo de Dios es sacramento de salvación, ya que en ella se realiza el designio de reconciliación entre Dios y el hombre, que el Padre tenía reservado desde antes de la creación del mundo. El mismo Cristo ordenó a sus apóstoles que se evangelizara y bautizara a todos los hombres (Mt 28,19 20) haciéndolos sus discípulos, expresando incluso que «el que no crea, se condenará» (Mc 16,16). Esta exigencia de bautizar y evangelizar, que según el testimonio de la Iglesia primitiva es la puerta de entrada a la Iglesia (Hch 2,41; 8,12 38; 9,18), fue delegada al cuerpo de los apóstoles, ya constituidos antes de la muerte y resurrección en un colegio bien establecido (Mc 3,13ss). Así se entiende que el mismo Cristo tenía en su intención prolongar su obra redentora (única y necesaria) a través de la comunidad discipular formada en el tiempo por el testimonio de su palabra (cf. Jn 17, 20).

En el Nuevo Testamento, en libro de los Hechos de los Apóstoles, san Lucas nos narra con mucho detalle distintos episodios del nacimiento de la Iglesia que es el pueblo de Dios, en los que se puede reconocer rasgos de la sinodalidad de origen en su estilo de vida y de misión. Rasgos que hoy día queremos recuperar: la participación de todos, el diálogo, el discernimiento de la comunidad, como también la subsidiariedad entre otros. Y llama mucho la atención que se adormecieran con el tiempo, siendo hoy necesario hacer un “camino sinodal” para recobrar un estilo que le es propio a la Iglesia desde sus comienzos. Muy bien afirma el Papa Francisco cuando señalaba que “el camino de la sinodalidad es lo que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”.

El camino sinodal se desarrolla dentro de un contexto histórico caracterizado por cambios “epocales” de la sociedad y por una etapa crucial de la vida de la Iglesia, que no es posible ignorar: es en los pliegues de este contexto complejo, en sus tensiones y contradicciones, donde estamos llamados a «escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS, n. 4) (Documento preparatorio, sino de los obispos, pag.7).

La primera experiencia sinodal de la Iglesia, la podemos situar en el Concilio de Jerusalén. Pero ya antes, hay episodios que hablan de un estilo sinodal entre los discípulos de Jesús. Cuando los apóstoles regresan del monte de los Olivos a Jerusalén y suben al lugar donde vivían, cuenta san Lucas que todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de sus hermanos (Hech 1, 14). Ese “mismo espíritu”, que se repite varias veces en el Nuevo Testamento, está ciertamente en la misma sintonía con lo que el Papa Francisco llama hoy día “caminar juntos” que se traduce en orar juntos, discernir juntos, trabajar juntos, sufrir y alegrarse juntos.

En los Hechos de los Apóstoles, san Lucas nos muestra esta faceta comunitaria, participativa y corresponsable de los discípulos que aumentaban en las primeras comunidades. De la misma forma se puede ver, la institución de los diáconos llamados al servicio de las comunidades, con una delegación de tareas que pareció bien a toda la asamblea (Hech 6, 5), y enseguida se escogieron a los que prestarían el servicio de las mesas y se los presentaron a los apóstoles (Hech 6, 6), ahí tenemos ese sentido de servir y de caminar juntos.

Iglesia somos todos, y de manera sinodal estamos llamados a construir el Reino. Sinodalidad implica escucha, diálogo, reconocimiento y respeto por el otro diferente, disposición al aprendizaje, en definitiva, conversión. Asumir una actitud sinodal implica cultivar nuestro sentido de pertenencia y responsabilidad con una misión común como parte de una comunidad mayor: La Iglesia, la sociedad, las personas. El magisterio de la Iglesia se dirige no solo a los creyentes o los católicos, sino a los hombres y mujeres de buena voluntad. Sinodalidad significa caminar juntos, dejarnos llevar por el Espíritu, discernir colectivamente la Voluntad de Dios en las contingencias de nuestras vidas y nuestra historia, es leer juntos los signos de los tiempos y actuar para transformar el mundo según el querer de nuestro Dios.

Es por ello, que alentados por las palabras y testimonio del Papa Francisco estamos invitados a caminar, y a asumir los desafíos que surjan del discernimiento de este proceso sinodal, estando disponibles a los llamados que el Espíritu haga a nuestras comunidades, mientras vivimos tiempos duros y exigentes, siendo luz y esperanza en medio de nuestra Iglesia y sociedad.

“La sinodalidad permite a todo el Pueblo de Dios caminar juntos, en escucha del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, para participar en la misión de la Iglesia en la comunión que Cristo establece entre nosotros. En definitiva, el caminar juntos es la forma más eficaz de manifestar y poner en práctica la naturaleza de la Iglesia como Pueblo de Dios peregrino y misionero (DP, 1). Todo el Pueblo de Dios comparte una dignidad y una vocación común a través del Bautismo. Todos estamos llamados, en virtud de nuestro Bautismo, a participar activamente en la vida de la Iglesia” (Vademécum para el Sínodo sobre la Sinodalidad, Pag.9)

La sinodalidad no se promueve sin practicarla. Todos tenemos grandes desafíos que cumplir (clero, laicado) revalorizando nuestra dignidad bautismal, creando espacios de participación, promoviendo la corresponsabilidad, respetando la subsidiariedad, consultando toda vez que sea posible, etc. Pero la Iglesia entera debe ponerse en camino sinodal, para que sus decisiones sean el fruto de reflexiones y discernimientos de todos, en la familia, la comunidad, el colegio, la parroquia, la obra social… Se trata de aprender a caminar juntos para contribuir a fijar el rumbo de cada institución eclesial, y ello requiere formación y voluntad de involucrarse de una manera más plena en la vida de la Iglesia.

“El sínodo es un camino de discernimiento espiritual, de discernimiento eclesial, que se realiza en la adoración, en la oración, en contacto con la Palabra de Dios…. La Palabra nos abre al discernimiento y lo ilumina, orienta el Sínodo para que no sea una “convención” eclesial, una conferencia de estudios o un congreso político, para que no sea un parlamento, sino un acontecimiento de gracia, un proceso de sanación guiado por el Espíritu” (Papa Francisco, 10 de Octubre 2021).

Nosotros como pueblo de Dios tenemos instrumentos que nos sirven para estar en comunión como Iglesia desde la oración (acción espiritual), siendo uno de ellos el “Calendario Litúrgico”, en el que se describen las fiestas cristianas que fueron surgiendo paulatinamente a través de los siglos, estas nacen del deseo de nuestra Iglesia de profundizar y celebrar los diversos misterios de la vida de Cristo.

Es por ello, que en ninguna actividad se refleja tan bien a sí misma la Iglesia como en su liturgia, y aunque ésta no agota toda la actividad de la Iglesia (SC 9), es la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia (SC 10). La liturgia es la mejor forma y la mejor expresión para medir la consistencia de nuestra eclesiología. Tan cerca está a la Iglesia la acción litúrgica, que en ella se celebra el misterio pascual, que es su fuente.

De este modo es que ponemos a disposición este subsidio que en el afán de ordenar las fechas y las celebraciones litúrgicas nos recuerda en el camino la memoria de santos y santas de nuestra región que animan nuestra vida cristiana, las solemnidades y fiestas de la Virgen María que nos permiten celebrarla como Madre y primera discípula; todo iluminado y sostenido por las lecturas bíblicas cotidianas que nos ponen en sintonía con la Iglesia universal.

“Todo el Pueblo de Dios comparte una dignidad y una vocación común a través del Bautismo. Todos estamos llamados, en virtud de nuestro Bautismo, a participar activamente en la vida de la Iglesia” (Vademécum para el Sínodo sobre la Sinodalidad, Pag.9)

A. Abel Maldonado Álvarez

Secretario Ejecutivo del Área de Evangelización

Conferencia Episcopal Boliviana

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