EL TIEMPO DE LA CREACIÓN 2026 NOS INVITA A VOLVER A LA FUENTE DE AGUA VIVA

Hay regalos que parecen inagotables hasta que comienzan a faltar. El agua es uno de ellos. Por eso, en este Tiempo de la Creación 2026, la invitación es tan sencilla como urgente: volver a mirar el agua como fuente de vida, don de Dios y responsabilidad compartida.

Basta imaginar un solo día sin agua.

¿Qué ocurriría si faltara para beber, preparar nuestros alimentos o cultivar la tierra? ¿Qué sería de los animales, de nuestros campos y de las comunidades si los ríos y las vertientes dejaran de correr?

De pronto, aquello que parecía cotidiano adquiere otra dimensión.

Porque donde falta agua, la vida entera cambia.

Precisamente por ello, hablar de Agua Viva en este Tiempo de la Creación adquiere una fuerza especial. Nos recuerda algo que conocemos desde siempre, aunque con frecuencia lo olvidemos. El agua no es simplemente un recurso que utilizamos. Es un don que sostiene la vida.

Cuando el agua habla también nos habla Dios

Hay algo profundamente espiritual en contemplar el agua.

Corre, limpia, fecunda y renueva. Además, encuentra caminos incluso entre las piedras y hace posible que la vida vuelva a brotar allí donde parecía imposible.

No sorprende, entonces, que el agua atraviese la historia de nuestra fe.

Está presente desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura. Más adelante, aparece en el desierto como esperanza para un pueblo sediento y se hace signo de vida nueva en el bautismo. Asimismo, alcanza una de sus imágenes más hermosas cuando Jesús habla del agua viva, aquella que sacia la sed más profunda y se convierte en fuente de vida.

Por eso, durante este Tiempo de la Creación 2026, contemplar el agua también puede convertirse en oración.

Sin embargo, toda oración verdadera nos transforma y toda gratitud auténtica termina preguntándonos qué hacemos con aquello que hemos recibido.

El agua que desperdiciamos puede ser el agua que alguien necesita

Esta es, quizá, la parte más incómoda de la reflexión.

Mientras para unos abrir un grifo es un gesto automático, para otros conseguir agua suficiente puede marcar el ritmo de toda una jornada.

Cuando una fuente se seca, además, no desaparece solamente el agua. Una familia puede perder su sustento, un agricultor puede ver comprometida su cosecha y una comunidad puede verse obligada a buscar nuevas fuentes. Al mismo tiempo, un ecosistema entero puede comenzar a deteriorarse.

Por esta razón, cuidar el agua es también cuidar a las personas.

La ecología y la solidaridad no son caminos separados. Por el contrario, se encuentran allí donde comprendemos que la creación es nuestra Casa Común y que las decisiones de unos terminan afectando la vida de otros.

En definitiva, todo está conectado.

Una gota parece insignificante hasta que es la última

El gran desafío no es solamente la escasez. También lo es nuestra indiferencia.

Con frecuencia abrimos el grifo sin preguntarnos de dónde viene el agua. Miramos los ríos sin pensar hacia dónde van y consumimos sin detenernos a considerar cuánto necesitamos realmente.

Frente a esa rutina, el Tiempo de la Creación nos propone recuperar algo profundamente humano y cristiano, la capacidad de asombro.

Se trata de mirar nuevamente la creación con gratitud, reconocer el valor de aquello que recibimos y, sobre todo, asumir la responsabilidad de protegerlo.

Una gota puede parecernos pequeña; sin embargo, millones de gotas forman un río. Del mismo modo, millones de decisiones responsables pueden transformar nuestra relación con la creación.

Ahorrar agua importa. Evitar su contaminación también. A su vez, proteger las vertientes, cuidar nuestros ríos y lagos, educar a los niños y promover decisiones responsables son acciones capaces de generar cambios.

Cada gota cuenta porque cada vida cuenta.

El agua que dejemos hablará de nosotros

Llegados a este punto, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos.

¿Qué agua recibirán quienes todavía no han nacido?

Vale la pena pensar qué ríos encontrarán nuestros hijos y nietos, qué lagos podrán contemplar y cuáles de nuestras vertientes continuarán brotando.

Sin duda, no podemos resolver individualmente todos los desafíos ambientales de nuestro tiempo. No obstante, sí podemos decidir qué hacemos con aquella parte de la creación que pasa por nuestras manos.

Podemos elegir entre desperdiciar o preservar, contaminar o proteger, ignorar o comprometernos. Pero, sobre todo, podemos enseñar con nuestro ejemplo que cuidar la creación no es una moda ni una tarea reservada a especialistas.

Es una manera concreta de agradecer el don recibido.

Que el Agua Viva siga corriendo

El Tiempo de la Creación 2026 llegará a su fin, pero nuestra responsabilidad continuará.

Después del 4 de octubre, los ríos seguirán su camino, la lluvia continuará fecundando la tierra y millones de personas seguirán dependiendo del agua para vivir. Por consiguiente, el verdadero fruto de este tiempo no podrá medirse solamente por la cantidad de actividades realizadas, sino por aquello que haya cambiado en nuestra manera de vivir.

Quizá aprendamos a desperdiciar menos y agradecer más. Tal vez cuidemos mejor aquello que recibimos y enseñemos a otros a hacerlo. De esa manera, cada vez que un vaso de agua llegue a nuestras manos podremos recordar que allí, en algo aparentemente tan sencillo, se encuentra uno de los mayores regalos de la creación.

El agua es vida, encuentro y esperanza.

Hoy, esa Agua Viva vuelve a interpelarnos con una pregunta que no admite indiferencia.

Si recibimos de Dios una fuente de vida, ¿qué estamos haciendo para que siga brotando mañana?

Porque cuidar el agua no significa solamente proteger un recurso.

Significa cuidar la vida que Dios puso en nuestras manos.

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