
Monseñor Erik Varden, obispo de Trondheim y administrador apostólico de Tromsø, celebró el domingo 30 de agosto una Misa solemne en Longyearbyen para conmemorar este importante aniversario. En su homilía, reflexionó sobre la vulnerabilidad y la soledad, invitando a los cristianos a redescubrir un sano sentido de la realidad y a llevar la reconciliación, la sanación y la amistad de Cristo a quienes están aislados y atemorizados.
Cien años después de que un obispo católico celebrara por primera vez la Misa en las Svalbard, los católicos se reunieron en Longyearbyen, la ciudad más poblada de las islas, para dar gracias por un siglo de presencia católica y de atención pastoral en una de las regiones habitadas más septentrionales del mundo.
Monseñor Erik Varden, obispo de Trondheim y administrador apostólico de Tromsø, presidió la Misa en la iglesia de Svalbard, concelebrando junto al padre Andrzej Kosciukiewicz, párroco de la iglesia de Nuestra Señora en Tromsø; el padre Rafal Ockojski, delegado local de la Prelatura territorial de Tromsø; y representantes de Cáritas y de la comunidad católica de Tromsø. También participaron representantes de la Iglesia luterana de Noruega, lo que confirió a la celebración un marcado carácter ecuménico.
Las Svalbard y la vulnerabilidad humana
En su homilía, el obispo Varden tomó como punto de partida el áspero paisaje y la historia de las Svalbard para reflexionar sobre la concepción cristiana de la vulnerabilidad humana.
Recordó cuánto debió de ser diferente llegar a las Svalbard hace un siglo, después de un fatigoso viaje por mar, sabiendo que unos 900 kilómetros de aguas heladas separaban el archipiélago de la Noruega continental. Hoy, observó sonriente, los visitantes llegan cómodamente en avión y, una vez aterrizan, tienen 5G en sus teléfonos. «Todo aquello que nos distrae en otros lugares también nos sigue hasta aquí», afirmó.
El obispo recordó después un relato del explorador noruego y antiguo gobernador de las Svalbard, Helge Ingstad, quien en la década de 1930 visitó a un cazador que había pasado un largo período aislado en la naturaleza salvaje del Ártico. El hombre se encontraba bien físicamente, pero el aislamiento lo había marcado profundamente. Cuando finalmente aparecieron otras personas, escribió Ingstad, su presencia despertó en él «algo más que una alegría inquieta».
«¿Acaso no estamos todos, en gran medida, predispuestos a una vida de soledad —afirmó el obispo Varden—, resignados ante la oscuridad y la tormenta que hay al otro lado de la puerta, que mantenemos cerrada?». «Y, sin embargo, ¿no deseamos que alguien venga a llamar?».

«Lo que necesitamos es un sano sentido de la realidad»
Varden comparó la naturaleza salvaje del Ártico con el desierto buscado por los primeros monjes cristianos. Estos se retiraban a la soledad no porque despreciaran a la humanidad, explicó, sino para liberarse de las ilusiones y encontrarse consigo mismos en la verdad ante Dios.
«Encontrarse consigo mismo significa encontrarse cara a cara con la propia vulnerabilidad».
La sociedad moderna, continuó, ha intentado a menudo eliminar la vulnerabilidad mediante la confianza en el progreso tecnológico y en la capacidad del ser humano para controlar la realidad. Sin embargo, hoy la humanidad vive un nuevo grado de incertidumbre.
«Lo que necesitamos ya no es fantasía virtual; lo que necesitamos es un sano sentido de la realidad».
Las propias Svalbard pueden enseñar este realismo, afirmó, señalando los cambios del medio ambiente y el deshielo. «Si apagamos el iPhone, las Svalbard nos enseñan muchas cosas esenciales».
El inmenso paisaje ártico recuerda además al ser humano su pequeñez ante la creación y ante Dios. «Si tenemos ojos para ver, nos damos cuenta de lo pequeños que somos, tanto en el tiempo como en el espacio. Si tenemos oídos para escuchar, esta conciencia tiene un eco de eternidad».
Responsables unos de otros
Al recordar las lecturas del domingo, el obispo Varden citó las palabras de san Pablo: «No os conforméis a este mundo, sino transformaos renovando vuestra manera de pensar». Después reflexionó sobre el duro reproche que Jesús dirige a Pedro en el Evangelio, después de que el Apóstol se opusiera al anuncio de la Pasión de Cristo.
La mentalidad del mundo, explicó Varden, dice a los hombres que, en última instancia, están abandonados a sí mismos y que será el más fuerte quien prevalezca. El camino de Dios es diferente.
«El pensamiento de Dios, en cambio, y el camino que Él nos invita a recorrer, nos hacen responsables unos de otros».
Por ello, los cristianos están llamados a acercarse a quienes han quedado aislados a causa del miedo, el sufrimiento o la soledad.
«Lo hacemos entregando nuestras vidas, llevando el mensaje de la reconciliación, de la sanación y de la posibilidad de la amistad a personas solas, atrincheradas y atemorizadas», afirmó el obispo.
Una misión semejante, añadió, puede llevarse a cabo muchas veces mediante las acciones con tanta eficacia como mediante las palabras.
Un siglo desde la primera Misa del obispo Smit
Precisamente para llevar la Eucaristía a los católicos del Ártico, el obispo Johannes Olav Smit viajó a las Svalbard en 1926. La primera Misa se celebró en Longyearbyen el 4 de agosto de 1926.
El obispo Smit había sido animado por el cardenal Willem van Rossum, en Roma, a viajar a las Spitsbergen para descubrir dónde vivían los católicos. No encontró católicos residentes ni en Longyearbyen ni en Ny-Ålesund, pero en Barentsburg encontró a católicos neerlandeses que trabajaban en la comunidad minera de la Nederlandsche Spitsbergen Compagnie. Estos habían escrito al Papa solicitando asistencia pastoral.
El 8 de agosto, el obispo Smit celebró una Misa pontifical en Barentsburg y administró el sacramento de la Confirmación. Aunque nunca se estableció una misión católica permanente, desde 1986 volvió a ser posible celebrar regularmente la Misa católica en Longyearbyen.
Sacerdotes procedentes de Tromsø también han viajado hasta la estación de investigación polaca de Hornsund para celebrar la Misa para los católicos allí presentes.
Amistad ecuménica en el Alto Ártico
En las Svalbard no existe una iglesia católica. Por ello, las celebraciones católicas han sido posibles gracias a la hospitalidad de la Iglesia de Noruega y de las autoridades locales.
La Eucaristía del centenario fue, por tanto, también una acción de gracias por una amistad ecuménica de profundas raíces.
La historia católica de las Svalbard se remonta aún más atrás. En 1913, san Pío X decidió que el archipiélago debía pertenecer, desde el punto de vista eclesiástico, al territorio de la Iglesia católica en Noruega.
Posteriormente, la soberanía noruega sobre las Svalbard fue reconocida por el Tratado de las Svalbard de 1920, mientras que la Ley de las Svalbard entró en vigor en 1925.
«Estamos llamados a llamar a la puerta»
El obispo Varden concluyó su homilía mirando no solo al pasado, sino también a la misión cristiana del futuro.
«En agradecimiento por la gracia que Dios ha derramado sobre las Svalbard a lo largo de cien años, queremos asumir fielmente la responsabilidad de esta gracia», afirmó.
Los cristianos, añadió, deben permanecer arraigados en la realidad, resistir las ilusiones y no dejarse vencer por el miedo.
Volviendo a la imagen del cazador aislado en el Ártico, el obispo Varden concluyó:
«Estamos llamados a llamar a la puerta de cada cabaña helada, ya se encuentre en las extensiones salvajes, ya allí donde nosotros mismos vivimos».
